Vivimos en una sociedad cada vez más compleja, con abundancia de oferta de bienes, información,
y posibilidades que nos obliga a la toma constante de decisiones. Han cambiado muchas cosas y, entre otras,
una importante: la percepción que nos lleva a considerar a un niño como una persona completa,
emocionalmente independiente y con personalidad propia.
Esta nueva percepción, en esta nueva sociedad, conlleva una inevitable transformación de nuestro papel como
padres y madres. Ya no basta intentar moldear a nuestros hijos a nuestro antojo utilizando el castigo y la
alabanza como instrumento; ahora, nuestro deber como padres pasa por acompañar a nuestros hijos en la difícil
pero maravillosa tarea de hacerse adultos.
Les acompañamos escuchándoles, observándoles, hablándoles con respecto, permitiéndoles cometer errores,
afrontando situaciones sin huir de los conflictos, otorgándoles el margen de responsabilidad que son capaces de
sobrellevar, dejándoles que experimenten frustración, no colmando siempre sus deseos inmediatos, siendo
auténticos y respetando sus límites a la vez que respetamos los nuestros.
Mar Añaños